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Síndrome del emperador o del niño tirano: cómo detectarlo

28 de Agosto de 2017
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Síndrome del emperador o del niño tirano: cómo detectarlo

En su mayoría son sólo adolescentes de entre 12 y 17 años, pero los hay menores, incluso muy pequeños, que se convierten en auténticos tiranos de la casa y tienen atemorizada a toda la familia, que, en ocasiones, acaba rompiéndose.

 

No son mayores de edad, pero son los verdaderos jefes de la familia. No son delincuentes comunes, pero pegan, amenazan, roban, agreden psicológicamente… Son los protagonistas del llamado “síndrome del emperador”, un fenómeno de maltrato de hijos a padres que se ha instalado con fuerza en la sociedad.

 

El ‘síndrome del emperador’ o del ‘hijo tirano’, cuando el maltratador es nuestro hijo

 

Los trastornos del comportamiento en los menores cada vez son más frecuentes, y, en concreto, el maltrato hacia los padres, conocido como el síndrome del emperador o del pequeño dictador o tirano.

 

El perfil del “pequeño tirano”, en palabras de ambos expertos, suele ser el de un varón de unos 11-17 años, hijo único, y de clase media–alta.

 

Este problema se caracteriza por un comportamiento agresivo (verbal o físico), y/o conductas desafiantes o provocadoras de ira en los padres y de violación de las normas y límites familiares; asimismo suelen presentar un alto nivel de egocentrismo, junto con una baja tolerancia a la frustración, empatía y autoestima.

 

Si bien es cierto que la ausencia de límites o un estilo educativo basado en atender todas sus peticiones son factores que pueden facilitar su aparición, es de vital importancia corregir la idea errónea de que la culpa es de los propios padres, no sólo porque puede generar obstáculos en el tratamiento, sino porque este tipo de violencia suele ser selectiva y no una constante de la personalidad, es decir, los menores pueden tener este comportamiento en la familia, y una conducta impecable en la escuela.

 

 ¿Cuáles son las razones?

 

Muchos padres se preguntan que han hecho mal, que ha ocurrido, que ha fallado… Los expertos señalan innumerables causas genéticas, familiares y ambientales que ayuden al desarrollo de este síndrome.

 

Algunos expertos consideran que ha habido un abandono de las funciones familiares, sobreprotección, hábitos familiares determinados por la escasez de tiempo, ausencia de autoridad, permisividad y, sobre todo, falta de elementos afectivos, como la calidez en la relación con los hijos.

 

Sin embargo, para otros expertos, aspectos familiares o sociales, como la permisividad o la ausencia de autoridad, no son suficientes para explicar este fenómeno.

 

Se tiende a culpar a los padres de este tipo de conductas por ser demasiado permisivos y protectores con sus hijos; aunque, también, influye el ambiente porque hoy los niños viven en una sociedad consumista, individualista y que prima el éxito fácil y rápido por encima de todo.

 

Además, puede existir una predisposición genética de carácter que explicaría por qué dentro de la misma familia, y en las mismas condiciones, sólo se ve afectado un miembro.

 

“Un padre excesivamente permisivo tiene como resultado un hijo caprichoso e irresponsable, pero no un hijo violento. La permisividad puede echar a perder a un niño (hacerse vago, juntarse con malas compañías, cometer delitos), pero si hay violencia es como resultado de un proceso de deterioro personal por falta de educación, generalmente al final de la adolescencia”, explicó.

 

 Dificultad para desarrollar emociones

 

Entonce, ¿Qué puede ocurrir en la personalidad de un niño para que llegue a agredir a sus padres? La clave está en que estos niños “son incapaces de desarrollar emociones morales (como la empatía, el amor o la compasión), lo que se traduce en dificultad para mostrar culpa y arrepentimiento sincero por las malas acciones”.

 

La patología se manifiesta en niños y adolescentes con dificultad para mostrar culpa y arrepentimiento sincero, incapacidad para aprender de los errores y de los castigos y conductas habituales de desafío, mentiras e incluso actos crueles.

 

“Son impulsivos, egocéntricos e incapaces de sentir culpa. Desafiantes, mentirosos y capaces de actos crueles”

 

 Por ello, podemos decir que el “síndrome del emperador” tiene causas tanto biológicas (dificultad para desarrollar emociones morales y conciencia) como sociológicas, ya que, en la actualidad, “se desprestigia el sentimiento de culpa y se alienta la gratificación inmediata y el hedonismo.

 

“La familia y la escuela han perdido la capacidad de educación, y esto favorece que chicos con esta predisposición, que antes eran mantenidos por la sociedad, ahora tengan mucha más facilidad para exhibir la violencia”. Podríamos decir que el elemento decisivo son “las carencias más o menos claras en la adquisición de competencias personales”, agudizado por el hecho de que “el hijo ideal de los padres está en franca contradicción con los hijos sociales ideales definidos por la sociedad de consumo”.

 

La importancia de los medios en este factor es clave: “La televisión enseña valores muy hedonistas y consumistas y dificulta el aprendizaje del autocontrol, es decir, la capacidad de esforzarse por renunciar a cosas inadecuadas y para perseguir metas que requieren esfuerzos. Los hijos tiranos ven en los medios muchas conductas y metas que son coincidentes con lo que ellos desean: pasarlo bien y hacer lo que quieran sin que nadie les obstaculice”.

 

Lo que para muchos es una falta de disciplina que se soluciona con un “cachete a tiempo”, es, sin embargo, un problema mucho más profundo que exige “ayudar a que el niño desarrolle una conciencia sólida; ésta es la mejor policía. Y ello se logra aplicando castigos razonables, pero firmes, y explicando las razones morales y prácticas que supone su mala acción. En los casos más graves es, por desgracia, casi imposible”.

 

 

Detectar síndrome del emperador desde el colegio

 

Como en cualquier trastorno, la detección a tiempo fundamental. Si se detecta a tiempo, y con el adecuado tratamiento psicoeducativo, la situación puede ser remediada. Para ello, es necesario que la familia al completo colabore y se preste al tratamiento, participando con los profesionales adecuados (sobretodo hacia la madre)

 

La única forma de eliminar estas conductas es con tratamiento especializado, tanto del niño como de la familia.

 

Las madres, principales víctimas

 

El perfil de familias que acogen a un niño o joven con el “síndrome del emperador” en España es variado. Sin embargo, los expertos coinciden en una mayor incidencia en las familias monoparentales.

 

“La mayoría de los casos se da en madres que vuelven a tener otra pareja”. Uno de los pocos estudios realizados al respecto es “La violencia de los jóvenes en la familia, una aproximación a los menores denunciados por sus padres”, elaborado por el Centro de Estudios Jurídicos de la Generalitat de Cataluña.

 

Según estudios realizados sobre este fenómeno, la madre es la víctima en el 87 por ciento de las ocasiones que se produce este tipo de violencia, y que principalmente recibe agresiones físicas, aunque también son habituales las verbales. En el 13,8 por ciento de los casos, la intimidación se produjo con un cuchillo o un arma similar.

 

La edad media de los menores denunciados por este tipo de violencia es inferior a la de otros delitos. Mientras que en estos últimos es de 17.5 años, en el “síndrome del emperador”es de 16 años. Sus protagonistas, además, no suelen tener historial delictivo.

 

Características de los niños con el síndrome del emperador

Nos referimos con este nombre a niños que presentan una gran parten de las siguientes características como:

 

Se siente tristes, enfadados, y/o ansiosos.

Sentido exagerado de lo que les corresponde y esperan que los que están a su alrededor se lo proporcionen.

Baja tolerancia a la incomodidad, especialmente si es causada por la frustración, el desengaño, el aburrimiento,o la negación de lo que han pedido; entonces, la expresan con rabietas, ataques de ira, insultos y/o violencia.

Presentan escasos recursos para la solución de problemas o afrontar experiencias negativas.

Están muy centrados en sí mismos y creen que son el centro del mundo.

Suelen tener una autoestima baja.

Carecen de empatía. No pueden, o no quieren, ver la manera en que sus conductas afectan a los demás.

Piden hasta el extremo de la exigencia. Una vez conseguido, muestran su insatisfacción y vuelven a querer más cosas.

Les es muy difícil sentir culpa o remordimiento por sus conductas.

Discuten las normas y/o los castigos con sus padres a quienes consideran injustos, malos, etc. Pero comportarse así, les compensa ya que ante el sentimiento de culpa inducido, los padres ceden y otorgan más privilegios.

Buscan las justificaciones de sus conductas en el exterior y culpan a los demás de lo que hacen, por tanto, esperan que sean los otros quienes les solucionen sus problemas.

Buscan constantemente atención, y cuanta más se les da, más reclaman. Exigen atención, no sólo de sus padres, sino de todo su entorno.

Les cuesta adaptarse a las demandas de las situaciones extra familiares, especialmente en la escuela, porque no responden bien a las figuras de autoridad ni a las estructuras sociales establecidas.

 

Detección precoz

 

Tanto fiscales como psicólogos subrayan la importancia de detectar precozmente el problema y pedir ayuda especializada, que probablemente incluirá una terapia familiar. Muchos “Al principio siempre piensas que es algo que se arreglará, no imaginas que acabe derivando a problemas tan graves”

 

Los tres síntomas fundamentales, que pueden dar pistas a los padres y que se observan en la segunda infancia (6-11 años) son

 

– Incapacidad para desarrollar emociones morales (empatía, amor, compasión, etc.) auténticas; ello se trasluce en mucha dificultad para mostrar culpa y arrepentimiento sincero por las malas acciones.

 

– Incapacidad para aprender de los errores y de los castigos. Ante la desesperación de los padres no parece que sirvan regañinas y conversaciones: él busca su propio beneficio.

 

– Conductas habituales de desafío, mentiras e incluso actos crueles hacia hermanos y amistades”. “Hay que actuar en cuanto se ve que el niño apunta maneras”, dice desde la oficina del Defensor del Menor, que lanza un mensaje esperanzador: “Existen buenos recursos para el abordaje de esta causa; los servicios sociales dan buena respuesta, también se puede acudir a un médico de cabecera o a un orientador escolar para pedir consejo”

 

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